{mosimage}Estudió Derecho y se dedicó a la danza. Se fue a París para desarrollarse como artista y terminó educando a niños en Lomas de Carabayllo. Ella buscaba su pasión. Ella la halló.
Lomas de Carabayllo en Lima Norte crece entre cerros, más lejos de lo que usted pueda imaginar. Desde La Molina, Milagros Esquivel toma combis y colectivos para llegar. Dos días atrás, mientras usted disfrutaba su domingo, ella y Anabelí Pajuelo trasladaban a los chicos que habían entrenado durante semanas. En Magdalena --muy lejos de ahí-- los estaban esperando. Ellos llevaron su arte. Ellas son las responsables de una actividad que --cuatro años atrás-- obligó a que la vida de Milagros diese un vuelco radical.
¿Cómo fue que una abogada de la de Lima terminó dando talleres de danza a niños de asentamientos humanos?
Fue gracias a mi padre. Contra su voluntad, yo ingresé a la de Lima. Estaba en Derecho, no me interesaba mucho, y un día me dijo: No te voy a seguir pagando la carrera hasta que no te vea pasión. Y yo me dije: Es cierto, esto a mí no me apasiona.
Él es abogado.
Él es abogado. Lo que él quería era que yo me comprase todas las revistas de Derecho y que me las leyese, pero yo cumplía con lo que tenía que cumplir para sacarme mi 17.
¿Y qué pasó?
Me pregunté: ¿Qué me apasiona? Toda mi vida me había apasionado el teatro, pero yo no tenía muchos referentes: para mí, teatro era Cattone o "Risas y salsa". Nunca me lo había planteado como profesión.
Abrí el periódico y vi: taller de teatro, Cuatrotablas. Le hablé a mi papá y me lo pagó feliz. Él me había puesto en clases de francés, de piano, de muchas cosas porque quería una hija que supiera un poco de todo. ¡Y empecé a descubrir otro mundo!
Encontró su pasión.
Sí. Eso fue el 94, y al año siguiente, Alonso Alegría me propuso hacer una obra, y ya la cosa empezó a preocuparles...
A sus padres.
Sí, porque además yo hacía un desnudo en esa obra. Era un unipersonal: yo solita, una hora en el escenario y, de un momento a otro, ¡jua! Para ellos fue un choque espantoso. Ahí conocí a Anabelí, pero yo --como no sabía muy bien cómo manejar todo esto-- seguí estudiando Derecho. En las mañanas era una persona y en las tardes y noches era otra. Seguí estudiando Derecho porque no sabía cómo me podía servir esto (el teatro), porque estaba siempre la idea de la plata, la plata, ¡cómo hacer más plata!
No mandé todo al diablo, más bien tomé más cursos para terminar la carrera más rápido; y para cuando terminé, ya había hecho varias obras; y ya me había metido a hacer danza: me interesó muchísimo.
Saqué mi cartón de abogada y trabajé medio tiempo en un estudio. Me mudé a vivir sola y bailaba y bailaba, y hacía los expedientes. Conocí a directores franceses que llegaron al país y, como yo hablaba francés, les serví de intérprete; me explicaron cómo funcionaba la cosa en Francia y --como a mí siempre me ha gustado viajar: para entonces ya me había ido a Rusia, a todos lados-- decidí irme. Irme tres meses, pero fueron seis años. Me salí del teatro y me dediqué más a la danza.
Vuelvo a la pregunta inicial: si así marchaba su vida, ¿qué hace acá, en Lomas de Carabayllo?
Si no me hubiera ido a París, yo no estaría acá. Allá me sentí al otro lado de la sociedad: si bien nunca me faltó qué comer --aunque sí las vi difícil--, yo era inmigrante, y me sentía más del lado del africano, del afgano: de los que cada año íbamos a renovar el permiso de residencia. Pero yo vivía en un barrio burgués. Mi pareja tenía un departamento en una zona de élite, ¡insoportable! Todo eso hizo que quisiese venir, porque en París yo sentía que aprendía y aprendía, pero no me sentía productiva.
Regresó a fines del 2003 y decidió dar un taller de teatro...
Con Anabelí decidimos armar un taller de verano.
¿Tenía idea de dónde tenía que ser?
Tenía que ser un lugar marginal.
¿Por qué?
Porque quería encontrarme con mi ciudad desde un punto de vista desde el cual yo nunca había participado. Nunca fui una pituquita tonta: yo tenía una relación muy especial con el personal que trabajaba en mi casa...
Pero no conocía esta realidad.
No in situ.
Regresó el 2003: estamos en el 2007 y sigue acá.
Esto hizo que yo me olvidase de mí. Cuando estaba acá, no me importaba cómo estuviese. Estas personas eran más bien las que me daban. Todo eso me alimentaba mucho y, en el ámbito artístico, me pareció muy interesante: de pronto te encuentras en una situación que genera en ti otro tipo de recursos. ¡Una situación de creatividad!
¿Cómo fue el primer día?
Siempre he sido bien mandada: conocía ejercicios teatrales, dinámicas, pero me di cuenta de que era completamente antipedagógico tener a 35 chicos de diferentes edades ¡en un mismo salón!
Todo fue por instinto: ya, ¡griten! ¡Griten! Ya, ¡cállense!... ¡Griten! Y después te das cuenta: este tipo de dinámicas hace que aprendan a manejar su furia, que la puedan controlar. Les das una botella de plástico: la tiran contra la pared y, de ahí, se quedan inmóviles 10 segundos; y de ahí, otra vez... Pero todo respondía a lo que yo iba sintiendo...
La furia acumulada en un asentamiento humano debe ser brutal.
Es salvaje, pero también de una ingenuidad impresionante. Porque este no es un asentamiento humano que esté 'dentro' de la ciudad: aquí no están tan contaminados por la ciudad, son muy puros. Tú traes un libro y se lo devoran, les encanta; tú le das un libro a un niño de Lima y lo bota, se pone a mirar la televisión. Aquí las dificultades son otras.
¿Cómo llegaron a Lomas de Carabayllo?
La tía de una amiga trabajaba en una ONG que tenía proyectos acá, así que hablamos con ella para que nos presentara con la gente del colegio (nacional Manuel Scorza).
Se supone que uno no vive de sus sueños. Usted, ¿de qué vive?
¡Es que yo vivo de esto! Todos tenemos un sueldo, nuestros profesores lo tienen, y es un sueldo correcto porque son artistas y nosotras somos las primeras en valorar el trabajo del artista.
Nosotras hemos llamado a buenos profesionales, que además tienen interés por hacer este tipo de trabajo, porque no todo es pagado: solo las clases regulares. Por ejemplo, vamos a estar en el Magdalenarte (el domingo pasado), y eso lo preparamos porque nos nace. Y en paralelo al trabajo de campo hacemos toda una labor de oficina, ¡de empresa! Porque tampoco podemos perder eso de vista.
¿Tiene CTS, tiene AFP?
No.
¿No la angustia el no contar con ello?
¡Yo no estoy conforme con lo que tenemos! Puede ser bastante para el tiempo que llevamos, pero para mí no es suficiente. La gente que ahora ve nuestros espectáculos, nos dice: vengan acá, vengan acá, ¡nosotros cobramos por nuestros espectáculos! Ese es el problema: la gente no ve el arte como una chamba. A ver que le digan a un carpintero: ¿a ver hágase una mesa? Y nuestros chicos, hacen cosas muy bacanes.
A través del juego, ustedes les enseñan a reforzar su autoestima.
A reforzar su autoestima, a que descubran su capacidad, a que trabajen en grupo, a que se respeten, a que valoren lo que tienen.
Pero estos chicos tienen papás que a su vez tienen el autoestima golpeada, ¿cómo hacen?
También trabajamos con ellos: trabajamos con la comunidad entera. Cuando llega la clausura, ¡ellos la tienen que organizar! Ellos tienen que traer la comida, tienen un montón de funciones. Por ejemplo, Edith es la peluquera: cada vez que hay una presentación, ellas nos peina; estos baúles, los ha hecho un papá...
Me habla de papás, los suyos ya deben estar vacunados contra sus decisiones radicales: dejó Derecho por teatro y París por Lomas de Carabayllo.
Mi mamá me dice: pero habiendo tanto pueblo joven, ¡por qué te has ido tan lejos! Pero a pesar de eso, ella apoya lo que hago: mi vieja ha venido acá en su carro y se han trepado todos los chibolos.
Y su papá debe estar fascinado: quería que sienta pasión, ¡ahora la está sintiendo!
Su proceso no es el mismo.
A los padres les preocupa mucho el futuro de sus hijos.
¡Siempre el futuro! ¿Y el presente?
¿Cómo se ve de aquí a diez años?
Una empresaria total, ¡con mi laptop y mi carro! Yo quiero una vida correcta. Me acabo de comprar mi departamento: con mi plata, fruto de mi esfuerzo acá y también porque yo me sigo yendo a Francia para comercializar cosas que se hacen acá.
Me dice que se ve como empresaria. ¿Lejos de esto?
Mira, como abogada yo me podría ganar la vida de otra manera, pero yo me he planteado obtener recursos a través de las cosas que me interesan. Por ejemplo, hay ONG que contratan servicios para distintos tipos de eventos, y nosotros se los podemos brindar.
Esto no quiere decir que la profesora de danza vaya a cerrar el taller.
No. Pero ningún proyecto puede depender de una persona: la idea es formar líderes en la zona y que esto se vuelva autosostenible. Como artista y como persona, yo también quiero otras cosas.
María Milagros Esquivel Roca, 34 años, abogada con estudios de Derecho en la Universidad de Lima y de actuación en los talleres de Alberto Ísola y Pata de Cabra y, de danza, en París. Con Anabelí Pajuelo codirigen Generarte, entidad que desarrolla el proyecto Puckllay que propulsa el desarrollo de expresiones artísticas en los niños de menores recursos de la periferia de Lima.
Fuente: Entrevista realizada por Antonio Ojeda publicada en el diario El Comercio
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