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Lima Norte

La Bandera

En el Mes de la Patria contribuimos a la difusión del memorable poema 'La Bandera' del insigne escritor peruano Enrique Lopez Albujar.

 

La Bandera

 

La Bandera es palma heroica,

la bandera es arca santa,

que en las manos de los pueblos

une el Dios de las batallas;

talismán glorioso que hace revivir en el vencido

el cadáver solitario de una náufraga esperanza;

Sol bendito que en la noche

del destierro se levanta

y nos trae en cada rayo

mil recuerdos de la patria;

el recuerdo de la madre, cuyos besos nos parece

que cayeran lentamente destilando sobre el alma;

el recuerdo de la esposa, cuya voz es cien mil veces

más dulcísima y más grata

que la más grata y más dulce

melodía que pudiera producir la nota humana;

el recuerdo de los hijos, esas ramas florecientes,

de las que es el padre tronco, y el amor materno savia;

el recuerdo de la tierra donde nuestro primer grito

fue un heraldo de la vida que llegó empapado en lágrimas;

de esa tierra que es más grande,

más ilustre, más hermosa y más deseada

cuanto más distante estamos

de la cresta de sus montes, del murmullo de sus aguas.

 

Inmortal es la bandera;

aparece con la lucha y por ella es consagrada

como emblema perdurable

de los odios y las guerras seculares de las razas;

distintivo es en la horda,

jerarquía en la mesnada,

poderío con el feudo

y poder, y distintivo y hasta Dios es en la patria.

Con Aquiles marchó a Troya,

con Eneas marchó a Italia

y también fue a la conquista del dorado vellocino

en la proa de la nave de los fieros argonautas.

La bandera es la más noble compañera de los hombres;

en las ondas o en las cumbres, en el mástil o en el asta;

ella encarna un pensamiento

o la imagen de la patria.

 

La bandera tiene vida,

la bandera tiene alma,

y ama el Sol y ama la altura

porque es águila,

y padece como ella la nostalgia de las cumbres

y es más grande y más soberbia cuanto más del suelo se alza.

 

¡Cuántas formas ha sufrido, cuántas forma la bandera!

En Egipto fue el buey Apis, con los turcos Cimitarra;

en Asiria, el gigantesco mastodonte de los mares;

la paloma, en Babilonia y en la vieja Roma, el águila...

Pero, bestia, pez o ave,

la bandera siempre ha sido lo que debe ser: La Patria.

 

Inmortal es la bandera:

verde o roja, negra o blanca,

a través de las ficciones que le da la fantasía;

ya el rampante león de España,

ya la media luna turca

se destaquen en sus franjas,

una sola es la bandera

porque es uno el pensamiento sacrosanto que ella encarna,

porque es uno mismo el pueblo

que la misma lengua habla,

porque es una su grandeza

y son una sus desgracias,

y en la misma historia juntos, como en iris gigantesco

va lo rojo de la guerra consagrada por la espada,

va lo blanco de la paz, esa madre del progreso,

va lo negro de la impura y torpe bestia: la autocracia.

 

Es la patria la bandera;

en el campo de batalla

cuando avanza o retrocede,

van tras de ella las miradas

como tras de la columna luminosa del desierto

fuera un día, trashumante, el caudillo de una raza; cuando cae,

presurosas hay mil manos que se bajan para alzarla

y mil pechos que se oponen resistentes, como el bronce,

al acero y a las balas.

Y al mirarla por la sangre enrojecida,

y al mirarla por el plomo desgarrada,

nos parece ver un seno desgarrado y palpitante,

una boca convulsiva que nos reta y que nos llama,

y unos ojos que nos miran

demandándonos venganza;

y esos ojos, y esa boca, y ese seno desgarrado

son el seno, son la boca, son los ojos de la Patria.

 

¡Cómo aviva el entusiasmo,

cómo aviva la esperanza

cuando más desalentado combatiendo está el guerrero,

cuanto más sangrienta y ruda se va haciendo la batalla!

Y en la hora en que el Destino

le da a un pueblo la victoria y a otro pueblo se la arranca,

y parece que los hombres y las bestias y las cosas

fueran una sola masa,

y los gritos y lamentos

y la voz de la metralla

una horrenda sinfonía de mil truenos

semejaran

la bandera, la bandera

como una hostia se levanta,

como una hostia: es el misterio eucarístico en que el cuerpo

del soldado con la sangre derramada

se convierten en el cuerpo y en la sangre de la Patria.

Es entonces cuando en torno

de la insignia sacrosanta

forman cuadros los vencidos

como el pueblo de Israel ante el arca de la alianza,

es entonces cuando al verla por la sangre enrojecida,

es entonces cuando al verla por el plomo desgarrada,

nos parece ver un seno desgarrado y palpitante,

una boca convulsiva que nos reta y que nos llama

y unos ojos que nos miran

demandándonos venganza;

y esos ojos, y esa boca, y ese seno desgarrado

son el seno, son la boca, son los ojos de la Patria.

 

Fue bandera,

fue bandera, roja y gualda,

la que heroica y aguerrida se mantuvo siete siglos

como el credo de una raza,

la que en Navas y en Lepanto

arrancara dos florones a las huestes musulmanas

y en las manos de Balboa

fue la Europa saludando del Pacífico las aguas.

Fue bandera,

la bandera de tres franjas,

imperial con Bonaparte,

con Dantón republicana,

la que dio la vuelta al mundo

coronada por un águila

y a su paso fue regando en las almas la semilla

de la libertad humana.

 

 

Fue bandera

la bandera roja y blanca,

la que altiva allá en el Morro

un adiós de muerte diera a la estrella solitaria,

la que allí fue sacrificio;

la que allí cayó en el ara

bautizada con la sangre del guerrero más heroico

que inmolóse, como un Cristo, por la redención peruana.

Fue bandera la que al tope

de la nave legendaria

por tres veces cayó herida,

como un ave ensangrentada,

y tres veces alzó el vuelo

entre nubes, entre truenos, entre rayos y entre salvas;

y cayó porque no había

ya una mano que la alzara

y cayó porque era justo

que a los cuerpos de sus hijos les sirviera de mortaja.

¡Ah, Jesús también un día siete veces da en el suelo,

y las siete veces, triste, pero heroico, se levanta...

 

¡Oh bandera bicolor!

¡Oh bandera roja y blanca!

que en el Morro fuiste incendio

y jirones en el "Huáscar";

que parece que la sangre de tus hijos te hizo roja

y la nieve diamantina de los Andes te hizo blanca.

¡Oh bandera, tú que has visto

nuestras glorias desgarradas

por el hosco y formidable

vendaval de la desgracia;

vuelve a ser lo que tú has sido:

el orgullo de la Patria,

deja ese aire dolorido de vergüenza y de derrota,

y en el mástil de esa nave, que ha de ser en nuestras aguas

otro andante caballero

de perínclitas hazañas

desenvuélvete altanera

y sacúdete gallarda.

Sólo así nuestras pupilas te verán como una hostia

cuando tornes a la cruenta comunión de las batallas.

 

(Enrique López Albújar)

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